Capítulo II: El Desenlace.
Bajó de un salto del cuatro por cuatro, y tomando un último suspiro mientras rogaba a todos los dioses que la ayudaran, corrió bosque adentro.
Corría y corría sin mirar atrás, sin detenerse, corría todo lo rápido que podía. Un grito enfurecido le llegó desde la que anteriormente había sido su prisión. En ese instante supo que empezaba la cuenta atrás. Vivir o morir. Aumentó la velocidad. Los gritos proclamando su muerte cada vez se acercaban más. Tenía que conseguirlo, pero el problema estaba en que no sabía por donde ir. Estaba completamente perdida, y su captor lo sabía. No importaba, ya no había vuelta atrás, seguiría recto. ¿No era eso lo que siempre recomendaban? Aunque recordaba la voz de su hermana diciéndole que si alguna vez la perseguía un loco armado corriera en zigzag. Recordaba como había estallado en carcajadas y le había dicho que no dijera tonterías imposibles. Las lágrimas resbalaban por su mejilla, aquella mejilla que su marido había besado tantas veces, aquella que había comparado con la más fina porcelana china. Si tan solo le hubiera podido decir cuanto lo amaba… Más lágrimas, más gritos, más miedo. Tenía que conseguirlo, estaba a punto de conseguirlo. Una rama, un tropiezo, una mano. Su captor la había alcanzado, pero no se podía rendir. Tenía una promesa que cumplir, tenía que ver a su pequeño y llevárselo de allí. Intentó quitárselo de encima como pudo, nada. Patadas, nada. Arañazos, nada. Más lágrimas, más desesperación. El ‘Jefe’ lo notó, la rendición estaba cerca. Pero una imagen llenó la cabeza de Jane, Mark. Tenía que ser fuerte, por él. Mamá siempre tenía que ser fuerte por su pequeño. Más patadas, un grito de dolor brotó de la garganta del ‘Jefe’. Estiró su mano izquierda todo lo que pudo mientras continuaba pataleando y mordiendo todo lo que podía. La estiró al máximo. Tenía que llegar, un milímetro más, solo uno. Intentó mover ambos cuerpos, un solo milímetro, eso le bastó. En cuanto hubo alcanzado aquella piedra asimétrica la levantó, y la estrelló una y otra vez contra la cabeza de su agresor. La sangre rodó por sus manos, resbaló entre sus dedos. Sangre, sangre, sangre. Un temeroso pensamiento invadió su mente.¿ sería igual qué ellos? No, ni hablar, su caso era diferente. Lo tenía que hacer para sobrevivir. Los sollozos empezaron a dejar lo más profundo de su alma para salir al exterior. En cuanto cesaron los golpes, se secaron las lágrimas. No había por qué llorar, ella solo quería volver a por su pequeño. Empujo a aquel obeso hombre a un lado, su cuerpo inerte era aun mas repulsivo. Le escupió, un único escupitajo que fue a parar entre ceja y ceja. Cojeando siguió corriendo, no podía arriesgarse a caminar, aunque le doliera todo el cuerpo. Pero seguía perdida. Se detuvo un minuto, necesitaba pensar hacia donde dirigirse. ¿Derecha, izquierda, norte o sur? Decidió seguir recto, a algún sitio llegaría, pero si no llegaba a ubicarse, moriría allí. Sería una muerte lenta, dolorosa y agonizante. Sí, seguiría recto. Volvió a correr, no, se paró en seco. Sería mejor caminar y no cansarse, necesitaba todas sus energías para huir. Escuchó un ruido, se preparó para echar a correr. El mismo ruido, un acto reflejo la hizo girarse involuntariamente. Idiota, susurró mentalmente, La tan deseada sensación de alivio la invadió cuando vio el origen de dicho sonido, un cervatillo. Un jodido cervatillo.
-Te estás volviendo paranoica Jane-Dijo en voz alta, mientras volvía a girarse con otro suspiro.
-No lo creo, solo jodidamente peligrosa.- Dijo otra voz, la voz de su captor.
Pero era imposible, juraría que lo había matado. No podía ser cierto, era un pesadilla. Tenía que ser una maldita pesadilla. ¡No! Aquel grito, aquel último grito desesperado, aterrado, impotente se coló en sus pensamientos mientras sentía el frío de una bala atravesar su cerebro. La imagen de su pequeño acudió a ella, aquel niño sonriente que esa misma mañana antes de ir a la escuela le había dicho que era la mejor madre del mundo y cuanto la quería. Y mientras se desplomaba en el suelo, volvió a escuchar la voz de aquella chica sin cara, y su promesa, aquella promesa que ya no podría cumplir.