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lunes, 16 de enero de 2012

§Capítulo IV§

Capítulo IV: Noche Nefasta.
-Hola, buenas noches señorita. Mi nombre es Dan verá… soy agente de policía… ¿Me permite entrar, por favor?- dijo el oficial con una mirada compasiva en el rostro.
En ese momento escuchó los movimientos de su sobrino en la cocina. La imagen del pequeño la impulsó a tranquilizarse, por ello asintió frenéticamente mientras hacía pasar al desconocido. Él se quitó la cazadora mientras murmuraba unas escuetas gracias. Mary no pudo evitarlo, deslizó la mirada desde su vigoroso cuello, bajando por su ancha espalda y recorriendo sus fuertes brazos, marcados dentro de aquella apretada camisa negra. Sin poder evitarlo continuó bajando su mirada, su culo era simplemente impresionante. Sintió como se le secaba la boca y el aliento se le escapaba. Dan se dio la vuelta, y Mary levantó la mirada todo lo rápido que pudo.  Y oh su Dios, esos ojos, aquellos maravillosos ojos eran de el verde más intenso que ella jamás había visto. Unos pequeños pasos que correteaban por el pasillo la devolvió a la Tierra, y la voz del pequeño mientras irrumpía en la entrada se llevó toda su atención.
-¡Tía Mary! ¡Tía Mary! ¿Dónde está mi…?- La voz de Mark se fue apagando a medida que su cerebro captaba la presencia del extraño que en esos momentos invadía el vestíbulo de la casa de su tía.
-Verás cariño, no era mamá… Supongo que vendrá más tarde… ¿Por qué no vas a ver un rato los dibujos mientras yo hablo con el señor?- le dijo al pequeño
-Emm está bien… ¿pero puedes venir conmigo?- Le pidió Mark.
-Claro que sí campeón, ve subiendo mientras yo lo acompaño a mi despacho- Dijo Mary con una gran sonrisa en el rostro. Esperaba que lo que le hubiera dicho al niño no fuera mentira. Deseaba con todo su corazón que el policía estuviera allí por alguna multa del año pasado por aparcar mal.
Le dio un beso en la cabeza y un empujoncito en la espalda al pequeño y lo observó subir las escaleras corriendo. Se giró con toda el sosiego y la calma que pudo hacia Dan. En sus ojos se podía apreciar más compasión por segundo.
-Acompáñeme. Por aquí por favor- Musitó en un murmullo apenas audible.
Ni siquiera esperó a que él respondiera, se dio a vuelta de inmediato y puso rumbo a su despacho. Abrió las puertas de dicha sala y esperó hasta que el pasara antes de cerrarlas e ir directamente hacia la seguridad de la gran mesa de caoba que se hallaba en el centro de la habitación.
Dan observó cohibido el despacho de aquella mujer. Esto era lo que más odiaba de su jodido trabajo. Esperaba con ansia el momento de irse a su casa y olvidar toda esa mierda. Ojala no llorara, no soportaba las lágrimas. Miró a su alrededor, todo en aquella casa transmitía riqueza y elegancia, aunque la dueña en particular, vestida con unos vaqueros baratos y una maxi-blusa, no pegaba en esa estampa. Estaría muchísimo en su casa, en su cama. Dios, tenía que centrarse, había ido a decirle que su hermana había sido encontrada colgando de un jodido puente, y todavía no sabía ni como coño iba a empezar. Mary inclinó la cabeza señalando una de las sillas en frente del escritorio, invitándolo a sentarse.
-Usted dirás porque está aquí, aunque no creo que una multa de tráfico lo haya traído hasta mi casa a estas horas- Le dijo Mary.
-No, verá… yo estoy aquí por su hermana…
Mary no lo dejo continuar, las lágrimas salían de sus ojos y no había modo alguno de detenerlas. Apoyó los codos sobre la mesa y su cabeza en sus manos. ¿Por qué su hermana? Era una especie de súper mujer, jodidamente perfecta en todo.  Y ahora de repente no estaba, no la vería nunca más, no oiría sus consejos sobre un cambio de vida. Y Mark ¡Joder! ¿Cómo le iba a decir al niño que su madre estaba muerta porque…? Ni siquiera sabía como había sido. Se obligó a levantar la cabeza y formular la pregunta que rondaba su cabeza.
-¿Có… cómo ha sido?
Dan tomó aire, llegaba la parte más difícil de su trabajo y ya había empezado a llorar. ¿En qué estaba pensando al hacerse policía? Já, como si no lo recordara perfectamente. Las mujeres era en lo único en lo que pensaba por aquel entonces, y a ellas al parecer les encantaban los uniformes… Volvió al presente.
-Bueno…- La verdad es que Dan no sabía muy bien por donde empezar- La causa de la muerte fue un disparo en la cabeza.
-¡Oh Dios mío!- Los ojos de Mary estaban húmedos y las lágrimas no cesaban- ¿Dónde la han encontrado?-Preguntó entre sollozos.
-En un puente… estaba colgando del puente… Yo, lo siento mucho- Y era verdad, Dan no soportaba verla llorar, sus sollozos le rompían el alma en pedazos- Creemos…Estamos casi seguros de que su hermana ha sido víctima de una organización, ha habido ya otros casos parecidos y…
Al escuchar esas palabras Mary estalló.
-¡¿Perdone?! ¡¿Está diciéndome que ya han muerto otras mujeres por culpa de algún malnacido y no han hecho nada para atraparlo?!
-No, estamos trabajando en ello. En un caso muy delicado y no lo puedo comentar con nadie, mucho menos con familiares de alguna de las victimas.
-Ya… ¡Mi hermana está muerta! ¡Muerta! ¿Y lo único que es capaz de decirme es que no me puede decir nada?- El llanto de Mary era cada vez mayor.
-Yo no he querido decir eso. Verá… ¡Cálmese  y podremos hablar!-Explotó Dan, y continuó cuando las lágrimas dejaron de brotar de los ojos de Mary- Verá, hay una organización, no se a que se dedican, eso solo lo saben los peces gordos, yo solo se lo que hacen cuando las mujeres a las que secuestran intentan escapar. Las matan, y luego las hacen irreconocibles, les quitan la sangre y los órganos. Y bueno su cara… digamos que las dejan sin cara.
Los ojos de Mary estaban abiertos como platos, horrorizados, no se podía imaginar todo el dolor y sufrimiento por el que habría pasado su hermana. Y Mark, no sabía cómo decírselo al pequeño.
-Yo… nos tenemos que ir. El secuestrador al parecer tenía prisa y cometió un error al tratar con el cadáver de su hermana. La mantendremos informada de todo, no hace falta que me acompañe a la puerta, conozco el camino.

jueves, 5 de enero de 2012

§ Capítulo III §

Capítulo III: Fin del viaje.


Aquel escalofriante hombre se acercó al cuerpo inerte de Jane, comprobó que la bala de calibre 32  había travesado por completo su masa cerebral, y la colocó sobre su hombre izquierdo. Fue hasta la cabaña, no le costó mucho trabajo ya que Jane no pesaba más que una pluma. La llevó hasta el sótano, el que momentos antes había sido su prisión y del que intentó huir. Abrió con la mano que tenía libre la última puerta de la fila derecha, pero se detuvo al escuchar un sollozo proveniente de la habitación continua. Mierda, se había olvidado de la otra. Tendría que llevársela a otro sitio, uno con más seguridad. No podía permitirse el lujo de perder a otra, si algo le pasaba a esa,  su cabeza rodaría por los suelos. Tumbo el cadáver sobre la mesa. La sala era una especie de quirófano clandestino. A la derecha había una mesa, y sobre ella aparatos quirúrgicos. Jane se encontraba en el centro. Y a la izquierda se encontraba una nevera industrial. Empezó a desnudar el cadáver de Jane. Admiró sus pechos, rebosantes y llenos dentro de un sujetador negro de encaje. La levantó un poco, lo suficiente para quitárselo. Un pensamiento pecaminoso cruzó por su cabeza. Dios, se estaba volviendo un depravado sexual. ¿Necrofilia? Desde cuando se empalmaba con muertos. Sí, estaba buenísima para tener un hijo de 5 años, pero no, no la tocaría más de lo necesario. No se la podía dar muerta a su jefe, pero todavía valía para el otro mercado. Sin perder tiempo cogió un bisturí. No tenía tiempo que perder o sus órganos tampoco valdrían, y entonces se podía dar por muerto.  Cogió bolsas de plástico y un par de guantes de látex.  Se acercó al cuerpo sin vida de Jane. Acercó el bisturí a su cremosa piel.  Despacio, con mucho cuidado de no dañar ningún órgano, fue abriendo su cuerpo. Extrajo cada órgano y lo deposito en una bolsa diferente. Sin perder un solo segundo los metió en la nevera industrial. Regresó a la mesa y empezó a coserla. Paciencia, solo necesitaba un poco de paciencia. Maldijo el día en que se metió en ese maldito mundo. Recordó su anterior vida, era feliz, si era jodidamente feliz. Pero luego llegó Sam. Oh Sam, sí, recordaba a la perfecta Samantha Westorm. Aquella pequeña zorra le había jodido bien la vida. Ella y lo que él pensó que era el amor. ¡Maldita sea! Mejor no pensar en ello, la sangre le hervía solo con recordar la primera vez que la vio y como cayó rendido a sus pies con su maravillosa sonrisa. Dios, si pudiera volver al pasado, la atropellaría con todos los jodidos carritos del supermercado.  Volvió al presente, se tenía que concentrar en la muerta. Cogió otro instrumento quirúrgico, y empezó a quitarle la piel del rostro. Siempre lo mismo, huían, las cogía, disparaba, y luego las hacía irreconocibles para la policía. Apagó la luz, y cogió la  luz ultravioleta. Muy lentamente la pasó por todo el cuerpo desnudo. No podía dejar ninguna huella, ninguna pista. Cuando todo estuvo perfecto, volvió a vestirla. La puso sobre su hombro otra vez, y la cargó hasta el coche. Se hacía de noche y tenía un hambre de mil demonios. Pronto acabaría todo. La puso en los asientos de atrás y volvió a la cabaña. Cogió la garrafa de gasoil, y llenó el tanque del todoterreno. Se dirigió una vez más al sótano, entró en la misma habitación en que había abierto en canal el cuerpo de Jane. Cogió un bote, en la etiqueta ponía cloroformo, y un pañuelo. Simple precaución, no necesitaba más contratiempos. Abrió la puerta de la habitación de al lado, y de inmediato reconoció el pánico en aquellos ojos de zafiro.
-Shhhh tranquila, no tengas miedo. Mientras no seas tan imbécil como la otra y no intentes nada raro, no te va a pasar nada. Bueno nada…Vivirás, eso es suficiente- Susurró.
Los sollozos de la chica aumentaban mientras asentía frenéticamente con la cabeza. Sabía lo que había pasado. Había escuchado el disparo, y no era idiota. Ahora nadie la podría salvar. No importaba, se lo agradecería eternamente a esa misteriosa mujer. Al escucharla hablar consiguió una pizca de tranquilidad, además ella había muerto, se había arriesgado y había muerto. Para ella, eso era mucho más que cualquier otra cosa. Podía haberla ignorado simplemente, pero no, intentó ayudarla.  Al ver que el hombre se le acercaba con un pañuelo mojado en la mano el miedo invadió su cuerpo. El hombre la cogió por el pelo, y apretó fuertemente el pañuelo a su nariz.
No lo pudo evitar, inhaló el cloroformo, y pronto su cuerpo comenzó a adormecerse.
Sin detenerse, la metió en el coche, junto al cadáver. Arrancó y salió a la carretera, era una carretera secundaria, poco circulada. Precaución, solo precaución, siempre precaución. Llego un puente. Paró el coche y se bajó de él. Se dirigió hacia el maletero y cogió la cuerda. Sacó el cadáver de Jane, pasó la cuerda por su cuerpo, y ató el extremo opuesto al poste. Sin ningún miramiento empujo el cuerpo y se marchó, dejando el cuerpo inerte colgando de aquel viejo puente.

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-¿Cuándo va a venir mi mamá a por mi tía Mary?- Dijo el pequeño Mark.
La verdad es que no lo sabía. ¿Dónde coño se había metido su hermana? Sin embargo lo único que pudo decir fue.
-Pronto, ahora termínate la cena Mark, o mamá se enfadará cuando llegue.
Era muy raro, la había llamado al móvil más de cien veces, le había dejado mensajes en el buzón y nada, había incluso llamado a su puñetero trabajo. ¿Y qué le dijeron? No aquí no se encuentra, es más no ha venido en todo el día. Había tenido que dejar a su paciente en medio de la terapia porque la habían llamado del colegio de Mark. Miró al niño, blanco, rubio y con los ojos azules de su padre. Recordó su mirada al ir a recogerlo minutos después de la llamada, y la tristeza en sus ojos al darse cuenta de que no era su madre. Jodida Jane, más le valía tener una buena explicación. En ese momento el timbre sonó. Tenía que ser Jane. ¡Por fin!
-Ves Mark, tu madre ya está aquí, anda acaba de cenar mientras yo abro- Le dijo a su sobrino.
Fue hasta la puerta y la abrió, la bronca que le iba a echar estaba en su cabeza pero se esfumó en cuanto vio a un desconocido delante de ella. El desconocido llevaba uniforme de policía. De pronto un pensamiento funesto le rompió el corazón. Empezó a sacudir la cabeza negándolo, mientras las lágrimas surcaban su rostro.
-Hola, buenas noches señorita. Mi nombre es Dan verá…