Capítulo VII: Recuerdos.
¿Dónde demonios estaba? Una oleada de recuerdos llegó a ella. Era medianoche, aproximadamente, salía del cine. Su última cita había sido un completo desastre. Definitivamente compaginar su vida social con ser madre no le salía del todo bien. Recordó cómo se había negado rotundamente a que el pobre chico la acompañara a casa. Una carcajada irónica retumbó en su cabeza, lo que daría por poder volver al pasado y cambiarlo todo. Siguió recordando, visualizó su silueta mientras se aproximaba a la calzada. Llovía, y casi no habían taxis, si seguía por mucho más tiempo allí, acabaría en el hospital por neumonía. Recordó cómo se acercó un coche, nada raro, un turismo rojo escarlata. Disminuía la velocidad a medida que se acercaba a ella. Cuando por fin se detuvo a su vera, el conductor bajó la ventanilla. Con una mirada de desconfianza Kate se acercó y pasó la vista por el interior del vehículo. Observó a una mujer pelirroja en el asiento del copiloto, aunque sentada se intuía que era alta. La desconocida alzó la vista, y aquellos ojos zafiros hicieron que el cuerpo de Kate temblara. El conductor la recorrió con la mirada, debía tener unos cuarenta y pocos años. Con una voz algo ronca dijo:
-¿Se encuentra bien señorita? ¿Necesita ayuda?
Una campana de alarma retumbó en la cabeza de Kate, quien con algo de nerviosismo, tan solo alcanzó a negar con la cabeza y murmurar un apenas audible gracias.
¿Estás segura? Porque hace un frío de mil demonios, y llueve a cántaros, mi marido Tom y yo estaríamos encantados de acercarte a cualquier sitio- Dijo aquella pelirroja con una sonrisa peliaguda.
-Emmm, bueno, pensándolo bien…¿Serían tan amables de acercarme a la parada de autobuses más cercana?
En ese momento no le pareció una mala idea, llovía, hacía frío y su pequeña estaba esperándola en casa. Así que en cuanto aquella extraña pareja le abrió la puerta trasera, entró sin dudarlo. Ya en el interior del coche, un olor repugnante hizo que sus intestinos se le subieran a la garganta. Muerte, putrefacción, aquel lugar apestaba. Daba igual, con un poco de suerte saldría de allí pronto, ahora girarían a la derecha y vería la parada.
Oh no, algo iba mal, seguían recto, cuando intentó abrir la boca para preguntar donde la llevaban, sin previo aviso, la pelirroja se abalanzó sobre ella con un pañuelo bañado en un líquido. Sintió como sus músculos se relajaban, los párpados se le cerraban, su cerebro se adormecía. Sin poder evitarlo cerró los ojos y cayó en un profundo sueño.
Eso era todo lo recordaba, ¿cuánto tiempo habría pasado? Esperaba que no mucho… ¿Qué pretendían hacer con ella? Eso mejor no pensarlo… Intentó incorporarse, sintió como los músculos se contraían, escuchó crujir huesos que hasta entonces desconocía, sintió eso y mucho más, pero ignorando el dolor consiguió sentarse.
Echó un vistazo a su alrededor. Escuchó. El ruido constante de unas gotas impactando contra el suelo de cemento rebotaba contra su tímpano. No había mucho más que añadir. La habitación era austera. Intentó aflojar el nudo de sus muñecas, sin resultado alguno. Escuchó unos pasos, grandes y rápidas zancadas. El miedo invadió su cuerpo, sintió como su alma se congelaba mientras su mente se preparaba para lo peor. Vio cómo giraba el pomo de la puerta mientras gotas de sudor surcaban su rostro, desde su frente hasta el fin de sus mejillas. Su pulso empezó a temblar, lo sintió a pesar de tener las manos atadas, su ritmo cardíaco se disparó, ¿a cuánto iría? ¿Cien por hora? Probablemente más, mucho más. La puerta se abrió, despacio, con un chirrido escalofriante. Otra carcajada irónica, típico pensó. El que antes hubiese sido un amable conductor, Tom, se adentró en la que ahora sería su celda. Llevaba una bandeja en sus manos. Se acercó a ella, como acto reflejo, al igual que un cervatillo ante su depredador, Kate se echó todo lo atrás que pudo. Tom dejó la bandeja en el suelo. Tenía una manzana verde, un cuchillo de plástico y un vaso con leche. Con una carcajada escalofriante Tom se alejó diciendo:
-Tranquil, estás a salvo…por ahora…Ah, por cierto, el cuchillo es para evitar incidentes indeseados.
¿Y cómo pensaba ese hombre que iba a comer con las manos atadas? Bien, por lo menos ya no estaba cerca de su captor, un hombre entrado en carnes, bajito y que inspiraba miedo con tan solo una mirada. Examinó la bandeja cuidadosamente. Lamentablemente todo era de plástico, aunque aún podía hacer algo… Cogió la manzana y comenzó a comer mientras ideaba un plan.
Tenía una tubería rota, un cuchillo de plástico y el cuerpo totalmente adolorido. Estaba claro que la fortuna no estaba de su lado. Se puso de pie, pegándose todo lo que podía a la pared para evitar caerse, se fue acercando hasta la tubería. Despacio situó la cuerda justo por debajo del pequeño chorro de agua. A lo mejor si se mojaban lo suficiente podría deshacer el nudo. Se apoyó contra el muró de hormigón y esperó. Esperó y esperó, tanto que dejó de sentir el dolor. Tiempo después, no podría decir cuánto, podían haber sido minutos cómo horas. Cuando sintió cómo las cuerdas se aflojaban, poco, pero suficiente. Como por arte de magia sintió la sangre volver a circular por sus muñecas. No podía desperdiciar esa oportunidad. Empezó a frotar sus muñecas, le escocía, le dolía, pero no podía parar, no debía parar. Podría decir el momento justo en el que la fricción de sus muñecas empezó a surtir efecto, la alegría llenó su pecho, esperanza, también había esperanza. Con desesperación empezó a deshacer el nudo. Podía conseguirlo. Escuchó gritos fuera pero los ignoró, faltaba tan poco para poder liberar sus manos, tan poco para alcanzar la salvación….