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lunes, 6 de febrero de 2012

§ Capítulo V §

Capítulo V: El Epitafio de Jane
-De acuerdo, ¿si descubre algo más me lo dirá verdad?
Dan sabía perfectamente que las posibilidades de descubrir algo acerca de una organización de ese tipo eran de una entre un billón,  por lo que se limitó a asentir mientras recogía su chaqueta de cuero negra y le hacía un gesto con la mano a modo de despedida.  Recorrió el largo pasillo, dispuesto a poner rumbo a su vida.  Desde luego ese no había sido su día, primero recordó la imagen que se encontró al entrar en su casa esa mañana, Megan, la que se suponía que era su enamorada prometida y el que creía su amigo desde la infancia, Max, juntos en un embrollo de brazos y piernas sobre su cama. Tardaría años en borrar aquella estampa de su memoria, y muchísimos más si a eso se añadía el que viera a Max, todos los días en la oficina. Con un suspiro melancólico por todo aquello que podía haber sido y ahora ya no lo sería jamás sacudió la cabeza.  Pero una pequeña mata de rizos castaños llamó su atención, y de repente lo vio. Era un niño precioso, estaba sentado en el último peldaño de la escalera de mármol. Algo dentro de su ser se rompió en pedazos, él también había perdido a su madre cuando era pequeño, sabía perfectamente lo que se sentía. Se iba a acercar al pequeño, pero en el último momento cambió de opinión, ese no era su problema… Con pasos decididos salió de la casa, se montó en su coche y pisó el acelerador.
***
Con las manos sobre la cabeza y apoyada en el escritorio de caoba de su despacho, Mary no dejaba de darle vueltas a toda la información que acababa de recibir, porque por más que intentara digerirla, le era imposible olvidar el hecho de que su hermana había muerto a manos de un capullo. Pero le era aún más difícil pensar en la forma de decírselo a Mark, era tan pequeño. El dolor a la altura de su nuca se acrecentaba con cada tic-tac del reloj. Una aspirina en estos casos siempre era lo mejor, despacio se levantó y se dirigió a la cocina. Rebuscó en el segundo cajón hasta encontrarlas. La jaqueca empeoraba por minutos, cogió un vaso de la encimera, abrió el grifó y tragó la pastilla. Se detuvo un momento a escuchar el silencio, necesitaba reflexionar. Se sentó en uno de los taburetes del desayunador, y recordó. Recordó su primer cumpleaños, junto a su familia, y su hermana, su preciosa hermana. Recordó su primera noche en vela por culpa de una tormenta, y también como Jane había estado a su lado hasta el amanecer, mientras le susurraba cuanto la quería. Recordó la sorpresa de amabas cuando tuvieron a su primer perro, y la pasión de Jane por todo tipo de perros. Después del primero vinieron otros tres más, siempre grandes. ¿Por qué? Porque los perros pequeños le parecían muñecas de porcelana, como las que adornaban el salón de la casa de su madre. Recordó sus vacaciones en el caribe, las dos solas, sólo para escapar de la rutina. Recordó todos los veranos en la playa. Recordó el día de su graduación, y cómo las lágrimas no dejaban de brotar de los ojos de Jane por la emoción. Recordó la boda de Jane, lo bien que lo habían pasado bailando y cantando como locas, los nervios de la noche anterior, pero sobretodo la felicidad que brotaba por cada poro de la piel de su hermana. Recordó todo eso y mucho más mientras las gotas saladas salían de sus ojos y surcaban su rostro.
-¿Por qué lloras tía?- La voz de su sobrino la hizo reaccionar. Tenía que ser fuerte por él.
-Verás cariño…. Ven, mejor vamos al salón, tengo algo que decirte- Consiguió sonreír a duras penas mientras conducía a su sobrino hasta el sofá de cuero en forma de L.
-¿Qué pasa tía?
- Verás cariño, ¿recuerdas cuándo mamá te habló del cielo?
-Uuhm, creo que sí…. ¿Es ese sitio dónde van las almas de las personas buenas?- Preguntó Mark con la habitual inocencia infantil.
-Sí, es justo ese lugar. Bueno, el caso es que tu mamá, como era una persona tan buena, ha tenido que marcharse… ¿Lo entiendes verdad?
-Uhum, sí ¿entonces cuándo volverá mi mamá?
-No cariño, veo que no me has entendido… Tu mamá no va a volver…
-¿Y por qué no? ¿Es que ya no me quiere? ¿No me quiere porque ayer no me comí las verduras?- La voz del pequeño se hacía más quejumbrosa por segundos. Mary no creía poder soportar verlo llorar. Que Dios la ayudara.
-¡No! Claro que no cariño, no es por eso, ella te sigue queriendo muchísimo y lo seguirá haciendo eternamente, pero por razones que eres muy pequeño para entender tu mamá no va a poder volver. Por eso, a partir de ahora te quedarás conmigo, ¿te gusta la idea?- Ante el asentimiento de su sobrino Mary continuó- Bien, así me gusta, ahora quiero que sonrías, ¿lo harás por tu tía?- Su corazón dio un brincó cuando vio al niño sonreír- Muy bien, ves, tampoco era tan difícil, ¿a qué no? Pero esta semana te tendrás que quedar con la abuela, porque voy a estar muy ocupada pasando todas tus cosas a esta casa ¿sí?
-Sí- contestó Mark lleno de energía.
-Muy bien campeón ahora nos vamos a la cama ¿de acuerdo?
-Sí, pero tía Mary, ¿puedo dormir esta noche contigo? Es que hay tormenta, y siempre que había tormenta me iba a la cama de mi mamá, pero como ahora ya no está….
-Por supuesto que sí cielo, esta y todas las noches que quieras- Dijo Mary esbozando una sonrisa.
***
El molesto sonido incesante lo sacó de su maravilloso sueño. El despertador, ¿cuándo no? Se puso boca abajo, agarró la almohada con la mano izquierda y se la puso sobre la cabeza mientras aporreaba el despertador hasta hacerlo callar. Se hizo el silencio. ¿Qué día era? ¿Sábado, domingo, lunes? No, era sábado, si sábado 24. ¿Entonces por qué coño estaba sonando el despertador? En ese instante rememoró lo sucedido la semana anterior. Oh sí, ya recordaba. Le habían encasquetado a él el trabajo de ir al funeral de la última víctima de los canallas esos. Bueno la parte positiva era que volvería a ver a aquella diosa de piernas interminables. Y no es que se hubiera olvidado de ella, oh no, que va. En realidad no había podido sacarla de sus pensamientos durante más de una hora, la veía por todas partes. En definitiva, se estaba volviendo loco.  Se dio la vuelta aun adormilado y vio la hora. La seis y media. Genial tenía dos horas y media para darse una ducha, tomarse un café y conducir ciento cincuenta kilómetros hasta el cementerio civil. Era lo malo de vivir en las afueras, aunque no lo cambiaría por nada del mundo.
***
Con un vestido negro por encima de las rodillas, unos tacones de cinco centímetros y un tocado inglés, Mary esperaba impaciente al final de las escaleras la aparición de Mark. Esa última semana había sido muy difícil para todos, sobre todo para sus padres. Pero por suerte estaban todos juntos para apoyarse los unos a los otros, además el hecho de que Mark no fuera consciente de la situación por completo, ayudaba. Escuchó pasos en el piso de arriba, por fin, si no se daban prisa llegarían tarde.
-¡Vamos Mark, date prisa anda!-Gritó Mary desde la entrada.
En ese momento su sobrino bajo las escaleras con una cara que no dejaba lugar a dudas, se había enfurruñado.
-¿Qué pasa ahora cielo?- Preguntó Mary con cansancio, no entendía como su hermana podía haber cuidado de un niño como Mark y no haber tenido ni una sola arruga.
- No me gusta esta cosa, es muy incómoda ¿no me la puedo quitar?- Dijo el niño tirando de la pajarita, la verdad es que estaba bastante ridículo con aquel traje de pingüino, pero era lo que exigía el protocolo en esos casos, todos elegantes y de negro.
-Vamos cariño, será solo un momento de nada, aguanta un poco anda, y luego vamos a por un helado ¿sí?- Suplicó ella.
Está bien, pero solo porque eres mi tía favorita- Dijo Mark mientras salía refunfuñando de la casa con la risa de su tía de fondo.
***
Detrás de un árbol, observaba el entierro distante a todos, concentrado en una única persona. No se había perdido ni uno solo de los movimientos que realizaba, tanto era así que ya no sabía cuánto tiempo levaba sin pestañear. La ceremonia estaba llegando a su fin, era el momento de marcharse, pero justo entonces la mujer en cuestión se dio la vuelta y miró en su dirección. Podría decir el momento exacto en que sus ojos lo enfocaron y su cerebro l reconoció. Con pasos decididos y rápidos, a pesar de llevar tacones y estar caminando sobre hierba, la mujer se iba acercando a él. Ya era demasiado tarde, lo había visto por lo que ya no podía salir de allí cómo si nunca hubiera estado.

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