Habían pasado tan sólo 30 segundos desde
la última vez que consultó su reloj. ¿Dónde demonios se había metido esa mujer?
Llegaba ya 15 minutos tarde, y, si algo había aprendido en su trabajo, era que
la puntualidad era imprescindible, ya fuese a la hora de salvar vidas o
tratando de conquistar a una mujer. Claro que, pensándolo bien, eso no era una
cita romántica. Tampoco una reunión de trabajo, ni una misión del F.B.I. Lo
mejor sería que dejara de pensar. Paseó la mirada por el restaurante una vez
más. Miró cómo aquellas agujas que bailaban en círculos en su muñeca se burlaban
de él una vez más. ¿En qué diablos se había metido por culpa de aquella mujer?
Su madre estaba histérica en la cocina, preguntando a todo aquel que pasaba si
conocía a la misteriosa yankee con la que se había citado su hijo. Eso era,
posiblemente, la peor parte de quedar con alguien en el restaurante de tu
familia. Menuda sorpresa se llevaría su ‘cita’ cuando descubriera que Luigi’s era prácticamente suyo. Oh sí,
se regodearía cuando la viera siendo interrogada por su familia, al fin y al
cabo se lo merecía por hacerlo esperar.
Volvió a consultar su reloj: 21:18,
marcaba. Frustrado e impaciente dejó que su mirada vagara por el lugar otra
vez, pero esa vez, un cambio se produjo en el restaurante. Vio cómo Florenzia,
su hermana pequeña, corría hacia la puerta, cómo su madre ponía silencio en la
cocina con la esperanza de escuchar algo, cómo su abuelo levantaba la vista del
periódico deportivo y esbozaba una pícara sonrisa, pero, sobre todo, vio cómo
ella se quitaba el abrigo con aquella sonrisa, aquella que le paraba el
corazón, aquella que esbozaba ella y
sólo ella. No entendía por qué su cuerpo reaccionaba de aquella forma tan
propia de un adolescente hormonado, y mucho menos cuando hacía tan solo una
hora que la había visto. La recorrió con la mirada, de arriba abajo, como si de
una gran obra de arte se tratase, como
si nunca antes la hubiera visto, y, en ese momento lo supo. Esa mujer le
traería problemas. Pero, supo también, que nunca antes en su vida había sentido
tantas ganas de meterse en problemas cómo en aquel momento. Llevaba un vestido
verde, por encima de las rodillas, que marcaba a la perfección su silueta hasta
la cintura y caía con una falda amplia de vuelos. Sin duda alguna, esa sería la
cena más difícil y excitante de toda su existencia.
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