Capítulo
X: La curiosidad mató al gato.
El personal se congregaba alrededor de la puerta del despacho de la doctora
Tyler. El interés hacia aquella reunión imprevista resultaba abrumador. Todos
en el edificio conocían la tensión sexual entre ella y su ayudante, James. Así
que cuando ella impidió que él se tomara un descanso para comer, y lo metió en
su despacho, era de esperar que todos los trabajadores del edificio, desde los
más ricos ejecutivos de la última planta hasta el servicio de limpieza,
acudieran a la planta dieciséis. Todos se apelotonaban alrededor de la puerta
de manera que obstaculizaba la escucha, imposible por las apuestas murmuradas
de los empleados acerca de lo que estaba pasando.
-¡Shhh callaos, dejad las apuestas para después! Así no hay quién escuche…-Se
quejó Sally, de la tercera planta.
-Seguro que se ha cansado de esperar a que el diera el primer paso-Murmuró
Bryan.
-Menudo chasco se va a llevar, es gay…-Comentó otro empleado.
-¡No es gay! ¡Envidioso!-Replicó una de las secretarias de la última planta,
Caroline.
-Ohhh, ¡a la nena le gusta James!-Se burló Bryan mientras la chica se
ruborizaba.
-No te preocupes cariño, no te podemos culpar… ¿Habéis visto el culo que
tiene?-La defendió la mujer de la limpieza, de unos cincuenta y tantos años.
-Shhhhhh- Mandó a callar Sally otra vez- ¡Callaos ya! Está claro que James
está buenísimo y no es gay, así que no entiendo por qué discutís.
Caroline, aún ruborizada, se acercó a la puerta, y se colocó junto a Sally.
Todo el mundo guardó silencio, pero las preguntas se seguían formulando, ahora
a través de la mirada.
En el interior del despacho James se oponía tajantemente a la petición de
Mary.
-¿¡Te has vuelto loca!?
-Oh vamos James, es un favorcito de nada, ¿qué te cuesta? Incluso, ¿quién
sabe?, te podría acabar gustando…
-¡Yo sé! No me puedo creer que me estés pidiendo lo que me estás pidiendo…
No tengo ni idea de qué piensas de mí, pero no soy un gigoló.
-¡Claro que no! Yo no he dicho eso, no es como si te fuera a pagar o algo
por el estilo…
-¡Madre santísima! ¿Se puede saber con qué clase de psicópata estoy
trabajando?
-Venga, se bueno conmigo, es muy importante para mí y lo sabes. Te prometo
que haré lo que tú quieras, pero necesito que me hagas este favor-Suplicó Mary.
-Está bien pequeña manipuladora, pero no pienses ni por un momento voy a
olvidar este pequeño favor, que por cierto vale por diez-Aceptó James mientras
se dirigía a la puerta meneando la cabeza de lado a lado y murmurando-Bendita
chalada…
Antes de que alguien pudiera evitarlo, James giró el pomo de la puerta y
empujó. Después de eso, todo se convirtió en un caos. Sally calló de rodillas
sobre la mullida alfombra del despacho. Caroline, sin poder evitarlo, tropezó
con ella y se abalanzó sobre James, quedando su cabeza en su entrepierna y sus
mejillas ardiendo. La señora de la limpieza empezó a pasar la fregona, y tiró a
otros tantos que intentaban huir de la planta dieciséis a toda velocidad. El
cubo de la fregona acabo por los suelos, al igual que uno de los empleados, que
tropezó con él y derramó su café sobre el pobre cartero. Y de repente, en medio
de aquella piscina humana de la planta dieciséis, se plantaron unos tacones de
aguja de diez centímetros. Sobre ellos un cuerpo con actitud burlesca se
dirigía hacia al ascensor, pero antes de entrar se giró y dijo:
-James, querido, te espero en el garaje, no tardes- Comentó Mary mientras
esbozaba su sonrisa más seductora.
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